59 días de cuarentena, la novela de la Villa (Día 3)
Día 3
Hace calor esta mañana. Los rayos de sol rebotan en el asfalto y proyectan un cono de luz en la puerta de madera de la familia Domínguez. Una leve brisa corrompe el aire de agua servida mientras los mosquitos improvisan una danza microscópica, apenas perceptible en uno de los charcos de la calle.
Oscar está sentado en la reposera frente a la pantalla. Hay un bombardeo de noticias, versiones, rumores, fenomenal. “En minutos, el presidente Fernández habla al país para anunciar la cuarentena total”. Oscar se sobresalta, se levanta y cruza el umbral de la puerta hacia la acera. Mónica y los chicos duermen, y Lucas llegó a la madrugada una vez más. “¿Vos lo escuchaste llegar?”, pregunta Oscar, brazo apoyado al árbol. “Yo me levanté a las seis y media y ya dormía”, dice Silvia, a los escobazos limpios intentando barrer el agua turbia y verde acumulada en el cordón.
Oscar vuelve a la cocina, coloca en silencio el televisor y enciende el aparato de radio. Suena Ulises Bueno. La Moni irrumpe y camina hacia la heladera en busca de agua fresca. “Ya no se aguanta el calor en esa pieza, tenía a todos los chicos encima, el año que viene hay que comprar un aire, vieja”, dice, mientras tararea la canción de la radio y mueve su exuberancia en el pasillo de regreso a la pieza.
La música se interrumpe para dar paso a un flash informativo. “En minutos, anuncian la cuarentena total, nadie podrá salir de sus casas”. El conductor toma la posta de la noticia y dice: “Lalalala, les dije que se venía fulera la mano si no hacíamos bien los deberes. Y bueno, todos en sus casas, a cuidarnossssssss”, dice, estirando la consonante y con el mismo tono frívolo que usa para vender un jabón para lavarropa automático.
Oscar apaga la radio y corta de cuajo la escucha del sorteo de la quiniela nocturna. Sus sentidos se focalizan ahora en Alberto Fernández, que está por dar un mensaje al país. Manotea el control remoto, desbloquea “mute” y se deja caer en la reposera. “Hemos tomado la decisión de decretar un aislamiento social, preventivo y obligatorio desde las cero hora de hoy”, informa el mandatario. Y remarca: “Esto quiere decir que nadie puede moverse de su residencia, todos tienen que quedarse en sus casas”.
Oscar queda reducido a la nada. La confusión se adueña de su cabeza y la rigidez de todo su cuerpo. La frase final del presidente “todos tienen que quedarse en sus casas”, repiquetea en las sienes. Un hormigueo interno recorre venas y arterias, se le baja la tensión y se siente solo y vacío. “Miren este meme, está mortal”, irrumpe Lucas en la cocina con los ojos inflamados de sueño. La aparición de su hijo lo sobresalta y violenta. Toma un juguete cualquiera de la mesa y se lo revolea en la cabeza. “Sos infradotado, no ves que este bicho mata”, lanza Oscar. Entra Catriel y estalla en lágrimas al ver destrozado su tractor de plástico. Anabella teme de su familia y empieza a juntar sus muñecas y se aparta a la pieza.
“Cállense un poco, que estoy hablando por teléfono”, les pide Mónica a todos. Le están avisando del cese laboral hasta el 31 de marzo por la cuarentena obligatoria; el supermercado tomó la decisión de operar con un plantel mínimo de empleados. “La puta madre, la puta madre”, se enoja Mónica y suelta con enfado el aparato en la mesa. “¿Qué pasa, hija?”, pregunta Silvia al llegar de pagar la luz en el Pago Fácil. “Nada, encargate de los chicos que tienen hambre”, dice. “Yo me voy a tomar aire”, avisa Oscar.

