“De cada diez vecinos que pagaban la luz, tres volvieron al gancho por la crisis”

Debido a los cortes de luz, la demora en normalizarlos, la falta de plata y la actualización sistemática de la tarifa, muchos usuarios dejan de estar abonados a EPEC y procuran la energía de manera clandestina. Es decir, están dejando de ser clientes de la Empresa Provincial de Energía para colgar los ganchos.

Esto no favorece la calidad del servicio y hace que paguen justos por pecadores. Este fenómeno es viejo, se contuvo con el prensamblado y la tarifa social, pero recrudeció con fuerza con la pandemia y ahora se profundiza a caballo de la crisis económica.

“De cada diez vecinos que pagaban la luz, tres volvieron al gancho”, revela una persona que vive de hacer este trabajo en la clandestinidad. A partir de ahora, lo llamaremos por su nombre de fantasía, Oscar. “El que pagaba ahora tiene que colgarse porque con esta crisis ya no puede pagar la factura”, apunta. Por su trabajo, cobra 1.200 pesos por cabeza. 

En lo que va del año, la tarifa sufrió un aumento del 21%, pero lo que pasó en los últimos años es que muchos usuarios pasaron de la tarifa social a la plana y ya no pudieron solventarla. “La gente quiere pagar, pero no puede. Y hasta le da temor lo de los ganchos, pero lo que pasa es que están cansados de los cortes y que la solución no llegue a tiempo, entonces optan por lo más rápido”, relata.

La caída de nieve en la ciudad y la llegada del frío extremo tensó la capacidad de respuesta del sistema eléctrico local y ocasionó por ejemplo una falla en media tensión en la estación transformadora suroeste dejando a miles de hogares sin servicio. Hasta el redacción de esta nota, había reclamos puntuales de baja tensión irresueltos, según reconocen desde la empresa.

“Debido a la pandemia, trabajo el doble “, cuenta Oscar. Si antes realizaba uno o dos ganchos diarios, hoy “cuelga” cuatro o cinco y los pedidos aumentan con las fallas en el servicio. “Hay días que hago diez ganchos”, detalla Oscar, y aclara que serían muchos más si no fuera por la existencia de nuevos competidores. “Hay muchachos del barrio que se quedaron sin trabajo en la pandemia y empezaron a tirar los ganchos”, señala. Esto aumenta la inseguridad de las instalaciones porque “no todos trabajan con los recaudos con que lo hago yo”, se jacta.

Polémico
El “ganchero” polemiza también con la hipótesis oficial de que la salida de funcionamiento de los transformadores se debe a la alta demanda y a las conexiones clandestinas. “Eso no es verdad”, empieza a explicar. “Te pongo un ejemplo: si en una cuadra hay diez viviendas y cinco volvieron al gancho, el transformador que las abastece no debería explotar, sino al contrario trabajar mejor porque hay menos. Pasa que se habilitaron muchos sectores con la tarifa social y no instalaron una estación para ellos”, conjetura Oscar. Su teoría no contempla la versión oficial de que los ganchos corrompen las instalaciones. “Además los NH son de menos amperes y se queman rápido”, dice. Los “NH”, explica luego, son los fusibles ubicados en la caja de los transformadores.

Oscar aclara que “la mayoría de la gente paga la luz y quiere seguir pagándola”, pero insiste en que mientras la economía de los hogares y los reflejos de las prestatarias para dar respuesta a los reclamos no registren mejoras significativas, este fenómeno del pase a la clandestinidad seguirá profundizándose.

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