“Era un ser de luz”, dice el papá del joven de Villa El Libertador ahogado en el dique Los Molinos

 

Angel Montoya nos recibe en una “piecita” llena de televisores rotos. Su taller de electrónica en Villa El Libertador es hoy su lugar preferido en el mundo. No solo porque lo necesita para subsistir, sino porque le permite ir superando el dolor insoportable de la muerte de un hijo. “Me entretiene poder laburar, hacer algo, asimismo cuesta muchísimo”, reflexiona ante La Décima.  

Angel es el padre de Adrián Angel Montoya, el joven de 29 años encontrado ahogado en el murallón del dique Los Molinos, el lunes de Navidad. El día del hallazgo coincidió con el día del cumpleaños de Adrián. Su padre estima que su cuerpo estuvo cuatro días flotando en el lago hasta que fue divisado por los rescatistas. 

“El jueves 21 nos avisa de que iba a ir a pescar a Potrero de Garay y como no había pique, le dice a la madre que se daría un chapuzón y volvería a casa. A partir de ahí se cortó la comunicación para siempre”, cuenta Angel.

Vino la denuncia judicial. Nancy Beatriz Zambrano (madre) y Ayelén Magdalena (hermana) viajaron a buscarlo. Recorrieron varias playas sin suerte. Luego viajó Angel y junto a una familia lugareña también lo buscaron en vano. Siempre sin ayuda policial. 

“La noche del lunes 25 el novio de mi hija le manda una captura de un blog con el hallazgo de un cuerpo por Bomberos”, cuenta Angel. Eso fue la constatación de la tragedia. Sentida en cuerpo y alma. “La cosa no terminó allí. Y empezamos a renegar por los trámites burocráticos”, cuenta Angel. Viaje a Alta Gracia. Morgue de Córdoba. Viaje a Potrero de Garay al Registro Civil para obtener un informe. Y así. “Recién ayer nos dieron el cuerpo para sepultarlo”, dice el papá. Lo hicieron en un cementerio privado de Villa Allende. 

Adrián Angel Montoya

“Siempre dije que era un ser de luz, porque estaba en contacto permanente con la naturaleza, se había dedicado a hacerle entender a la gente de cuidar esto (por el ecosistema) que necesitamos para vivir”, razona Angel, en estos pocos días de tránsito del duelo. 

Y se explaya: “Tenía un sentido de ver la vida muy distinto, especial. Le molestaba mucho cuando se hablaba de forestación, matanza de animales, o no cuidar el ambiente. Era un defensor de la naturaleza”. Por esta razón, le costaba adaptarse a la vida urbana, por momentos salvaje. 

Pero sobre todo, Adrián era un alma nómade. “Estaba constantemente viajando a distintos lugares. Con su carpa se iba a Capilla del Monte, La Falda, Cosquín… siempre donde hubiera arboleda y río. Le gustaba escuchar mucho el viento, era una forma de estar en contacto con Dios”, dice el papá, fiel creyente. 

Adrián hizo la primaria en la escuela Catamarca, en barrio Las Flores, y la secundaria en el Colegio General Paz, en Nueva Córdoba. “Ahora quería anotarse en la Facultad de Música”, precisa Angel con tono de resignación. 

Esa forma distinta de ver la vida hizo que al asfaltar la calle Carmelo Ibarra al 500, cuando el cemento aún estaba fresco, Adrián dejara grabado un mensaje: “Paz, sabiduría y amor”. “Creo que eso no lo hace cualquier ser humano, sino seres que tienen otra forma de ver la vida”, destaca Angel. 

En la despedida, reitera la necesidad de blindarse ante el dolor. “Hay que seguir adelante por la familia”, dice. Y confiesa que le da paz saber que su hijo también la tiene.   

“Apareció en mi mente diciéndome que tenía que estar tranquilo porque está en un lugar hermoso. Esta tranquilidad que me brinda es algo inentendible. Sabemos que está bien, con otros seres queridos. Eso me hace sentir mucha paz interior”, reflexiona, finalmente. 

 

 

 

 

 

 

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