La Martita: “Yo soy feliz en la calle”
(Mario Albera) Conozco a Marta Fernández, popularmente conocida como “la Martita”, desde hace tiempo. Conté su historia de vida en un sitio de periodismo ciudadano ya desaparecido pero que -por suerte- se replicó en varios portales como este.
Es una historia dramática la suya. Para los que la ignoran podría resumirse así: Marta cartoneaba en barrio Los Naranjos junto a su pareja allá por enero de 2003. Y mientras revolvía basura, una granada militar explotó y salvó su vida pero a un costo grande: perdió a su marido, la tenencia de su hijo menor, y se levantó ciega y sola en una cama de hospital sin tener lugar adonde ir.
Ese acto homicida quedó impune; la justicia no investigó para identificar al responsable del artefacto y someterlo a juicio y castigo.
Los creyentes hablarán de “milagro”. Prefiero hablar de entereza y valor (hoy le llaman resiliencia), para emerger desde la más oscura adversidad.
Marta recuperó la tenencia de Jesús David (luego de una incansable lucha en tribunales) y aprendió a valerse por sí misma como vendedora ambulante. Hizo de la calle su segundo hogar, un lugar de reconocimiento. Y todo el drama vivido lo recicló en un personaje popular para blindarse al dolor. Como bien dicen algunos, “la Martita” es ya un ícono de Córdoba Capital.

Volví a visitar a Marta este viernes, en su casa del barrio-ciudad Héroes de Malvinas. Después de boyar por pensiones de mala muerte, de llamados a la madrugada para auxiliarla, hace algo más de diez años el gobierno de Córdoba le adjudicó una casa. José Manuel de la Sota hizo justicia: Marta se lo merecía. Y hoy espera por la llegada de la escritura.
“Nos presentamos la otra vez en la escuela porque vino toda la gente del gobierno, entregamos todos los trámites, para la escritura, pero estamos esperando”, dice para comenzar a desandar la entrevista.
Jesús David, hoy con 30 años, cursando el secundario en el Centro Socio-Educativo Integral Lelikelen, sirve mate cocido en tazas de plástico con colores flúor. Con los ladridos del perro Toby de fondo.
“Cada vez se ven más chicos vendiendo arriba de los colectivos. Te venden dos paquetitos de galletitas por mil pesos”, cuenta Jesús, que es un apasionado de la tecnología. Él también es un ejemplo de recuperación y de amor, acompañando a Marta adonde vaya.
Marta viene de una gripe que la depositó dos semanas en la cama. “Me curé con Ibuprofeno”, dice. Le cuesta pronunciar el nombre del medicamento. Y se mete de lleno, en la realidad nacional y en el costo de vida.
“Viste cómo han cambiado los billetes. Es un lío. Antes era todo barato, sobraba plata, pero ahora no. Es para morirse lo que cuesta el azúcar, los fideos, la yerba. La puta, hay que ser millonario para comprar”, sentencia.
Y evoca con nostalgia los días en que las monedas tenían valor. Justamente, su latiguillo de hace años era: “Dame billete, moneda, muñeco”. Ahora no: dice que la gente la aleccionó a pedir “mil pesos”, que “son como los cien de antes”.
“Nosotros teníamos billetes tipo laucha, viste. Es una cosa rara esto cómo cambió. Es mucha plata mil pesos para los pobres. Yo me acuerdo que con cien pesos me alcanzaba todo. La puta, digo yo, estos gobiernos de mierda”. Nada por agregar.
Alegría
Marta conoce y disfruta su faceta de bufón. Y además de ser una coraza para manejarse en la calle, es un recurso de subsistencia. Esos ingresos extras buscan apaciguar la magra pensión por discapacidad.
“Yo doy alegría a la gente y vendo. Con lo que gano, voy a Julia (un mayorista) y compro mercadería: collares, aros, juguetes… Ahora vendo las bufandas de Argentina. Cuando la gente me da propina, de quinientos pesos para arriba, yo se las regalo”.
Marta me obsequia una bufanda y un collar para mi hija. Bajo ningún punto de vista, acepta la devolución. Es generosa por naturaleza. Un corazón de león.
La calle, su lugar
La peatonal es su segundo hogar. Lo hace tres o cuatros veces a la semana. Frecuenta la esquina de 25 de Mayo y San Martín, pero entre los adoquines se mueve como pez en el agua.
“Hay de todo un poco en la San Martín, porque ahí se cruzan todos. Más los gitanos, peor”, dice. ¿No te gustan los gitanos?, le pregunto. “No son malos, son buenos, lo que pasa es para hacerte daño. Entran a los negocios y sacan lo que no viste. Y te llevan por delante. Yo les digo: “La próxima vez fijate dónde tenés los ojos”.
Cuenta que prefiere la tarde, porque temprano “es un loquero”. Además, no es rentable. “Todos están con el karaoke y no le dejan una moneda a la Martita. Por eso espero el cierre de los negocios para vender”, repone.
Revela que los comerciantes, “que me adoran”, se acostumbraron a pedirle un favor: “Martita, cuándo te vas a parar ahí”. Dicen que cuando yo me paro y grito viene más gente a comprar. Les traigo suerte. Porque no sé si has visto, que la gente está muy distraída, tienen muchos problemas y no ve mucho los negocios”.
Los ojos ciegos bien abiertos
Para ir al microcentro toma el 33 en la plaza del barrio.
A veces, choferes nuevos les exigen el pago del boleto. “Ey, choferes, qué está pasando conmigo”, les grita para hacerlos entrar en razón. Porque “los inspectores saben que a la Martita no le deben cobrar”.
Y, ocurrente, relata: “Hay ciegos que pareciera que no están ciegos, que ven mejor y disparan, caminan más rápido. Hay de todo un poco, porque por unos pagamos todos”. Quiere decir que algunos se hacen los ciegos para no pagar el boleto.

Felicidad
¿Qué edad tenés, Martita? “Quince”, dispara, coqueta, y ríe.
“Toda la gente me dice: Ah, estás nueva Martita. Yo les digo que no me pregunten la edad porque jamás festejé mis cumpleaños”. Lo único que cede es que cumple cada 25 de junio.
Y empieza a reflexionar sobre la vida en la calle.
“Cuando te acostumbras a un lugar, ya queda para toda tu vida. Lo único que hago es salir de mi casa para ir al centro. Porque no viajo ni voy a ningún lado”, describe.
¿Sos una persona feliz, Martita?, pregunto sobre el final de la entrevista.
“Yo soy feliz en la calle y cuando llego acá (a su casa), es un infierno porque encuentro cosas raras: botellas de plástico en el patio, piedras en la calle. La Policía no pasa nunca”, dice.
Al comienzo del encuentro, Marta no me reconocía. Pero con el andar de la charla, recobra la memoria y ya no querrá despedirme.
“Pensé que te ibas a quedar a almorzar, Mario”, se lamenta. “La próxima, Martita, la próxima”, prometo.
Sin dudas, volveré.
