La universidad sin títulos
Las enseñanzas de la calle, según algunos de sus protagonistas.
La “calle” no es un lugar romántico. Los que hicieron del afuera su principal ámbito de vida porque allí formaron su forma de ser y encontraron la fuente de sus ingresos, saben que la calle no es color rosa. La calle es dura, cruel, antipática. Está plagada de riesgos y gente inescrupulosa aunque, por supuesto, también hay una “plaga” de gente buena, solidaria, trabajadora, dispuesta a dignificar la vida urbana.
Caminar la calle “no es para cualquiera”, demanda una pericia especial para afrontar los desafíos cotidianos.
Por eso, la primera respuesta que muchos arriesgan en forma espontánea cuando se les pregunta qué les enseña/ó la calle, es “a sobrevivir”.
Comienzo denso
“A usar el chumbo, eso me enseñó”. El vagabundo, raquítico y de aspecto enfermizo, dispara su respuesta al viento. Sorprende su actitud desafiante a no esquivar la pregunta que el periodista de La Décima le soltó en su paseo.
Imposible saber si habló en broma, en serio, o solo quería provocar. Pero lo soltó.
También nos sorprendió la respuesta de una mujer de aspecto calmo y triste a la que conocíamos de vista. “En la calle me prostituí, me drogué, me violaron, me llevaron presa. La calle fue la ruina para mí, nada de escuela. Si me ayudó en algo fue a conocer donde no quiero volver más. Hoy tengo una familia y estoy en paz conmigo y con dios”. Conmueve y retuerce el estómago escuchar semejante testimonio.
Vivir y sobrevivir
Estela –a quien vemos cartonear frente a un local de ropa deportiva por avenida Fuerza Aérea-, pelo enrulado, algo rojizo. Nos dice que la calle le enseña “a sobrevivir día a día y a tirar para adelante”, y tras cartón agrega que ella está tranquila “porque lo dejo en manos de Dios”.
Arriba del carro tirado por caballos estaban “los melli”, sus pequeños hijos (una nena y un varón) que reían al escucharnos.
La desconfianza como consejera
Caminar la calle significa, además, afinar los sentidos. “Hay mucha viveza criolla dando vuelta”, señala Aldo Cruz, para indicar que sobrevivir no solo significa extremar las capacidades para juntar la moneda, sino también tener un detector a prueba de mediocres y atorrantes.
“Tenés que andar con cuatro ojos hoy”, aporta Sergio Becerra, viejo vendedor de empanadas en la feria de la plaza.
El canto de las sirenas
La calle es una fuente de tentaciones y para tener la capacidad de Ulises (el protagonista del poema épico griego de La Odisea) de soportar el canto de las sirenas, hay que estar curtido.
“Vos elegís si vas andar recto o torcido; yo elegí lo primero”, apunta Raúl Méndez, salteño y vendedor ambulante de Vicente Forestieri y avenida de Mayo. “Igual no tengo problemas ni con los buenos ni con los malos, hablo con todos”, dice para subrayar su tolerancia.
Prueba de carácter
Juan Carlos Vilches –remisero, 53 años, de Villa El Libertador- sabe el precio de perder la libertad varios años por los errores cometidos.
Por eso cuando le preguntas qué le enseñó la calle, pensativo, contesta: “A usar la cabeza”, algo así como decir “a pensar mejor”, ser más racional en las decisiones de vida.
En el caso de Luciana Abaca, puestera en la plaza de la Villa, el trabajo callejero, el roce con la gente le sirvió para forjar el carácter.
“Antes era tímida y algo sumisa, y este trabajo me hizo fuerte, me quitó la vergüenza y me enseñó que si querés podés”, le dice a La Décima.
Gratificaciones
También gratifica. Por lo menos así lo siente Jorge Tetamanti, cartonero de Villa El Libertador.
“La calle me enseñó a valorar lo que uno consigue y a recibir la gratificación de la gente que te ayuda todo el tiempo”, cuenta.
Pelé -apodo de otro vecino conocido de Villa El Libertador, miembro de la iglesia y trabajador del Mercado de Abasto- coincide en que en la calle aprendió el valor de la solidaridad.
“Te enseña a ser solidario, a asociarte con otros para ayudar al que más necesita”, dice, mientras caminaba por Tilcara.
“A veces te sentís medio psicólogo porque mucha gente viene más a conversar que a comprar”, cuenta René Tolava, viejo feriante de la plaza de la Villa, quien emparenta su puesto a un diván donde la gente cuenta sus alegrías, pesares, bondades y miserias de lo humano.
El aprendizaje constante
Para Víctor González –vendedor de pelis, música y juegos para play en la plaza- la calle fue una escuela donde aprendió múltiples oficios: electricista, plomero, ceramista y camionero.
Fue gracias al camión, que conoció varios lugares del país. “El puerto de Rosario, no podía creer el tamaño esos barcos”, cuenta.
Apunta que “en mi casa no se le daba importancia al estudio, y en esa época séptimo grado era llegar a lo más alto”, rememora hoy a los 58 años, con hijos y nietos.
Los estudios que no fueron
A Luciana le gustaría retomar algún día la carrera de Trabajo Social en la Universidad que abandonó en segundo año para salir a trabajar.
Becerra dice que “lloraba cuando no podía ir a la escuela de niño”. Cruz dejó segundo año de odontología y Tolava cuarto de medicina, y Méndez siente como una reivindicación que a través de su trabajo en la calle tenga dos hijos con título universitario.
Vílchez dice que cuando era oficial de obra y leía los planos de los arquitectos sentía que había una desconexión entre lo proyectado y la realidad de la obra.
Un estudio les hubiese aportado, entienden, quizá un ingreso fijo, estabilidad económica y otra aceptación ante la sociedad. Pero la “universidad de la calle” les proporcionó una vida, un modo de sentir y pensar, y un aprendizaje en valores y experiencias, que no hace falta enmarcar porque se lleva en la piel.






