Las fuerzas del cielo se pelean con la realidad

(Mario Albera) Con la excusa de saludar a los argentinos por la llegada del 2024, Javier Milei llena innecesariamente de estupor a la sociedad al afirmar que “la crisis puede convertirse en una catástrofe de dimensiones bíblicas”, si los legisladores no aprueban su proyecto de ley ómnibus. 

El que avisa no traiciona, dice el dicho, pero tampoco le quita responsabilidades. Si sucede una catástrofe social de las dimensiones como la anunciada, será por exclusiva responsabilidad de la incapacidad de quien gobierna por evitarla.  

“Que dios bendiga a los argentinos y que las fuerzas del cielo nos acompañen”, cierra Milei su mensaje difundido en las últimas horas. 

“El triunfo en la guerra no viene de la cantidad de soldados, sino de las fuerzas que vienen del cielo”, argumentaba el libertario en campaña para explicar las razones de su éxito electoral. 

Se trata de una cita del libro de los Macabeos, que hace referencia a la revuelta de un movimiento judío de liberación contra el ejército de invasores griegos en el año 166 a.C.

Al adjudicarle ribetes místicos al origen de su triunfo electoral y de su llegada al poder de la Nación, Milei se presenta como el elegido (el mesías) que restaurará el esplendor de la Argentina potencia de hace cien años atrás. 

Al estilo de Cristina Fernández de Kirchner, quien se adjudicaba la representación totalizadora de “el pueblo” frente a los “anti-patria” o “gorilas”, Milei también cava zanjas (la maldita grieta) entre argentinos cuando diferencia a “los argentinos de bien” (los que lo votaron) del resto. Además, busca revestir a su gestión de un carácter fundacional. 

En realidad, todos los presidentes sucumben a la tentación de “refundar” el país. Se creen Juan de Garay, como si fuera fácil desmontar el pasado para fundar una nueva idiosincracia. Pero lo que el kirchnerismo intentó en 16 años y Carlos Menem en diez, Milei pretende hacerlo en veinticuatro horas, con un trámite exprés en el Congreso. 

Así es que puja en público para que los legisladores le aprueben a libro cerrado la llamada “Ley Omnibus”, un proyecto con 664 artículos en 168 páginas que incluye reformas fiscales, jubilatorias, habilita la privatización de empresas públicas, cambios jurídicos, políticos, sociales, educativos y deportivos. 

Ese mega proyecto de ley contiene muchas de las reformas alumbradas unos días antes en el Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) con 366 artículos en 83 páginas que apuntarían a la desregulación de la actividad económica.

Es una ensalada jurídica y normativa difícil de digerir y que ha puesto en estado de zozobra a toda la clase política y dirigencial, no solo del país, sino también extranjera. El Gobierno de Estados Unidos y los lobos de Wall Street quieren saber si las profundas reformas económicas y culturales son aplicables y viables antes de dar un apoyo económico.   

La mega ley contempla la delegación de facultades legislativas en once áreas de gobierno al Ejecutivo por dos años, pero con posibilidad de prorrogarla hasta 2027, es decir, durante todo el gobierno de Milei.

Desde Menem hasta Alberto, los presidentes gozaron de facultades legislativas para gobernar en emergencia, pero no habría precedentes de una delegación tan amplia e ilimitada como la que pretende Milei para aplicar su recetario liberal de un Estado mínimo. Algún constitucionalista denuncia una especie de “reforma constitucional encubierta”.   

Milei dice que solo busca cumplir con el mandato popular del 56 por ciento de sus votantes. ¿Es así? ¿Está seguro de que le dieron un mandato épico, esto es restaurar “las bases” de la Constitución alberdiana de 1853, o solo se lo mandó a ordenar la desquiciada economía heredada de sus antecesores? 

No le alcanza al libertario con un cambio de gobierno. Pretende un cambio de régimen por la vía del decreto o de una mega ley.  Del “vamos por todo” de Cristina pasamos sin escalas al “vamos por todo” de Milei. Ni el mismísimo Mauricio Macri se atrevió a tanto.      

Milei empieza a ser llamado por algunos analistas como “Mi-ley”, por su pretensión de avasallar la división de poderes desde una posición legislativa de debilidad, pero con una audacia asombrosa. Esta voluntad de cambio llevada al paroxismo Eduardo Van Der Kooy, el columnista de Clarín, la define como “el ensayo de un trotskismo liberal”.

Muchos se preguntan si la intrepidez presidencial exhibe una forma autoritaria de liderazgo o encubre una estrategia de negociación de ir a fondo para obtener la mayor tajada posible de reformas aprovechando la popularidad inicial del gobierno. Pueden ser ambas cosas.  

Pasa que el contenido y lo forma empieza a sembrar heridos. Y si los heridos se juntan… Que a Milei lo combata la CGT que convocó al paro más veloz en la historia democrática no es novedad, pero que a las críticas también se sume el campo, un presunto aliado, demuestra la incapacidad del gobierno para hacer política. Es decir, para discutir, persuadir y consensuar. Al fin y al cabo, la democracia es gradualista.  

En el medio está la zozobra de la gente con la economía y el cambio del humor social -y de la paz social- a medida que las consecuencias del ajuste, la inflación reprimida y la liberación de precios de alimentos y tarifas comiencen a golpear fuerte a los bolsillos. La hiperinflación es el fantasma tan temido por los nuevos inquilinos de la Casa Rosada. 

“Si el programa es obstruido por los mismos de siempre que no quieren que nada cambie, no tendremos los instrumentos para que esta crisis no se convierta en una catástrofe social de proporciones bíblicas”, dijo anoche Milei, reconociendo una debilidad.

Como se preveía, el libertario no tiene los votos legislativos asegurados para garantizar la gobernabilidad. Y tampoco es seguro que la Corte Suprema de Justicia avale la constitucionalidad de sus reformas. 

Es decir, las fuerzas del cielo empiezan a encontrar un límite en la realidad. ¿Hay Plan B fuera del “plan topadora” de Milei?

 

     

   

Dejá una respuesta