Milei también tiene derecho a fracasar

(Mario Albera) El peronismo exhibe la rara virtud de estar blindado no a las críticas, sino a los problemas estructurales argentinos que pese a todo le permiten mantenerse en el poder. El peronismo está blindado a los errores, todo se le permite. 

El peronismo puede alentar la subversión guerrillera, crear  la Triple A para eliminarla y llamar a la “pacificación nacional” (Perón de los setenta) Puede travestirse de neoliberalismo, prometer revolución productiva y salariazo, y dejar tierra arrasada (Menem) Puede decretar la devaluación asimétrica más atroz y cobrarse la vida de Kosteki y Santillán bajo el pretexto de la normalización del país (Duhalde) Puede prometer una revolución nacional y popular, la creación de una burguesía nacional y corromperse con un capitalismo de amigos (Néstor Kirchner) Puede promover la inclusión social y la incorporación de derechos, y desalentar la cultura del trabajo con asistencialismo social y previsional feroz (Cristina Kirchner) Puede mentir de que volverán mejores y terminan en un desastre económico, con la heladera vacía, sin asado los domingos y desabastecimiento en supermercados y estaciones de servicio (Alberto Fernández)

El peronismo puede permitirse fracasar porque está blindado. 

También tuvo aciertos. Entre la cultura del trabajo e industrial, la creación de un Estado de bienestar y los planes quinquenales de Miguel Miranda con el “plan platita” de Massa hay un abismo (Perón de los cuarenta) La reivindicación de la gente con la política y el desendeudamiento del país con el FMI sacaron al país del estado asambleario del que se vayan todos (Néstor) La contención social y la batalla cultural contra las grandes corporaciones mediáticas y empresarias creó una mística que garantizó gobernabilidad, aunque inauguró la grieta en la sociedad (Cristina) 

También es cierto que los remedos al peronismo defeccionaron. 

La Alianza de De la Rúa y Chacho Alvarez, con el blindaje, megacanje y “la banelco”, traicionaron las promesas de campaña de honestidad y profundizaron la crisis socioeconómica. La llegada de Mauricio Macri y su promesa de inversiones no prosperó y frente al déficit fiscal y la ausencia de créditos de la banca privada para el país precipitó la vuelta del FMI y su monitoreo a las cuentas públicas. De Alfonsín, solo queda decir poco y nada: defeccionó en lo económico, por eso anticipó su salida del poder, pero fue ejemplo de honestidad republicana y coraje cívico, con el el Juicio a las Juntas, banderas bastardeadas por el uso político de los derechos humanos del kirchnerismo. Y más banalizado ahora con la recitación del Preámbulo constitucional por un candidato inescrupuloso y exponente de un régimen corrupto como Massa. 

Fracaso y balance

En el balance total, tenemos un país con una pobreza estructural de más del 40 por ciento y una indigencia de más del 20 por ciento. Un tercio de los trabajadores formales (o sea, con empleo y cargas sociales) por debajo de la línea de la pobreza -ni hablemos de los informales. Con una hiperinflación galopante (el economista Alfonso Prat Gay define hiperinflación cuando la gente busca desesperadamente sacarse los pesos de encima, cuando es palpable la pérdida del signo monetario) y con un dólar descontrolado (aunque ahora planchado hasta el balotaje) 

El cuarto gobierno kirchnerista de Alberto, Cristina Fernández y Massa, es un fracaso estrepitoso. No tienen un indicador económico y social para exhibir que supere a alguno de sus antecesores. Por eso Cristina se despega y dice mi gobierno terminó en el 2015 y Massa finge pertenecer a otro gobierno mientras ejerce de facto la alta magistratura de un presidente electo desaparecido. Es un país en un estado psiquiátrico profundo que se ve obligado a naturalizar la anormalidad institucional para su supervivencia diaria. 

Pese al trauma institucional y la catástrofe económica, el candidato oficialista autor de las políticas que empobrecen a la población y la deja sin nafta en los surtidores gana la elección de manera imprevista aprovechando la división de la oposición. Es decir, al fracaso gubernamental, se le opone el eventual éxito electoral. Eventual porque el partido no ha terminado. Define el balotaje del 19 de noviembre.

Por eso decimos que el peronismo está blindado. Se le perdona todo al recrear la ilusión del consumo con más impuesto inflacionario. Te pone un peso en el bolsillo para consumir, pero te quita dos vía impuesto hiperinflacionario. Por eso corremos al dólar, como resguardo al ahorro. 

El factor Milei

La frase de que Javier Milei también tiene derecho al fracaso no es propia, sino del escritor Jorge Asís.

Es una frase surgida del exquisito sarcasmo del cronista de la realidad política y exdiplomático menemista, pero es una frase provocadora en el sentido de que el fracaso de un presidente significa el fracaso de todos. 

Pero también significa que, de ser gobierno, el libertario también tiene derecho a equivocarse, a patear el penal afuera del arco. Y más derecho tiene cuando “no gobernó, no robó” (como dijo Macri) y no sabemos cómo va actuar al estar sentado en la silla eléctrica de esta Argentina pendular. Que vota cisnes negros, a candidatos impensados. 

Escribió el psicoanalista Sergio Sinay en Perfil que los argentinos estamos ante un “dilema trágico”. De un lado, Massa. “De este candidato los ciudadanos sabemos todo, lo vimos y vemos en acción. Conocemos su capacidad de manipulación, su hipocresía para negar sus propios dichos y acciones, la irresponsabilidad conque condujo a la economía a un estado terminal, sus asociaciones turbias en negociados que comprometen el bien común y se nutren de él, sus amistades particulares, con personajes corruptos (Insaurralde es solo uno, el más inocultable), su machismo evidenciado en actitudes, en palabras y en la ausencia de mujeres en su entorno más decisivo. Sabemos que para sus fines personales todos los medios están justificados. Ese candidato se dice ahora adalid de la democracia. Pero con su democracia no se come, no se educa y no se cura”. 

Del otro lado, Milei. “De este candidato conocemos lo que dice, sus exabruptos, sus desbordes emocionales, sus proyectos contraculturales respecto de la política, la economía e incluso la moral prevalecientes. Pero no sabemos cómo actúa en el poder, cómo gestiona y cuáles serían los resultados no contrafácticos de su posible gestión. Nunca lo vimos ahí. Se puede decir (y se dice) que está loco, diagnóstico que puede pecar de superficial y hasta de moralista. Quizás convenga tomar en cuenta lo que representa como emergente del estado actual de las cosas”. 

Los que rechazan la propuesta del libertario con el argumento de un “salto al vacío”, lo hacen desde el lodo empobrecedor actual. La supervivencia diaria es el abismo. 

Milei (el loco, el fascista, el Frankestein; siempre es más fácil atacar al otro que discutir argumentos) es la posibilidad de la alternancia democrática a un partido que acumula 16 de los últimos 20 años en el poder y que con Massa buscará perpetuarse como un partido único. La alianza con Macri -que apostó a pleno- contiene sus actitudes mesiánicas y le aporta racionalidad y una eventual gobernabilidad parlamentaria a La Libertad Avanza.  “Estoy como Walt Disney, no me caliento más”, bromeó Milei en su nueva versión moderada. 

Si el libertario fracasa como presidente, tendrá que abandonar la Casa Rosada en cuatro años como lo hicieron antes Cristina, Macri y lo hará ahora Alberto, expulsados por los votos. Sin pena ni gloria. Porque en rigor de verdad, la Argentina fracasa por izquierda y por derecha. Con la salvedad, de que al peronismo se le perdonan sus yerros y encima se lo premia con el voto. Por más que la pobreza y la corrupción más obscena nos estalle vergonzante en la cara.

Milei también tiene derecho a fracasar. O a triunfar. El cambio puede resultar positivo. Es una incógnita. En su voto hay bronca, pero también hay esperanza, sostiene el sociólogo Pablo Semán. Relativizar esto es obra de mentirosos, sectarios, adivinos y embaucadores como Massa.   

 

 

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