Una derrota que alimenta y refuerza el relato mileísta

(Mario Albera) Para Cristina Kirchner los enemigos de la Patria eran “la corpo” mediática, Magnetto (CEO de Clarín), “los piquetes de la abundancia” (el campo), “los formadores de precios” (el establishment explotador), “el pelotón de fusilamiento” (la justicia que investiga su corrupción), “los mamarrachos de la Corte” (los máximos tribunos del país), el FMI y “los trolls macristas”. 

Para Mauricio Macri los enemigos eran “la corrupción K”, “la Venezuela de Chávez y Maduro”, “los planeros y choripaneros piqueteros”, “el populismo contagioso kirchnerista”,  “los empresarios prebendarios que no compiten”, entre otros.

Ambos expresidentes son los exponentes de la grieta en Argentina, una manera de denominar una división binaria y maniquea de la sociedad argentina caracterizada por  la irracionalidad, odio, prejuicio, intolerancia y fanatismo hacia el otro.  

Javier Milei inventó una nueva grieta que le sirvió para ganar ampliamente la elección presidencial. La división ya no es entre peronismo y antiperonismo, sino entre “la casta” y el pueblo. Entendiendo por casta a los políticos, sindicalistas y empresarios de siempre con sus privilegios corporativos, mientras nosotros “los argentinos de bien” somos el pueblo sufriente.

El relato mileísta se renueva ahora tras el fracaso con aroma a derrota de la sanción de la ley ómnibus en el Congreso. El oficialismo acusó de “traidores” y y “extorsionadores” a un grupo de gobernadores que a través de sus legisladores habían prestado acuerdo para la aprobación en general del megaproyecto pero pusieron reparos insalvables para aprobar a libro cerrado el proyecto en particular (por artículos)

“La casta se puso en contra del cambio que los argentinos votamos en las urnas. Sabemos que no va a ser fácil cambiar un sistema donde los políticos se hicieron ricos a costa de los argentinos que se levantan todos los días a trabajar”, resaltó Milei en su cuenta de la red social X. Y retuiteó a un libertario que escribió: “Hoy Milei ganó otra batalla. Al igual que el día del debate con Massa. Hoy le demostró a todos los argentinos de bien, quienes son los corruptos que hacen que este país no pueda progresar”.

En la votación en general, el gobierno había receptado los reclamos de los bloques opositores dialoguistas, a punto tal que la ley bajó de 664 artículos a 383. Pero en la votación en particular los mismos bloques, que según el ministro del Interior Guillermo Francos habían asumido el compromiso de seguir apoyando, se negaron a votar las facultades delegadas votadas sistemáticamente a todos los presidentes desde la crisis del 2001 hasta Alberto Fernández. 

Los legisladores opositores que buscan conciliar pretendían que Milei acceda a más concesiones empujados por gobernadores necesitados de caja para sus provincias. El gobernador cordobés Martín Llaryora pretende que el Gobierno coparticipe el Impuesto Pais para compensar la pérdida de ingresos por Ganancias impulsada por su colega peronista el exministro de Economía, Sergio Massa y votada por el mismo Congreso obstruccionista.  

La orden de Milei, desde Israel donde se encuentra de viaje, fue clausurar las concesiones: “Para sacar una mala ley, prefiero que no salga”, revela Clarín que habría justificado el presidente el retiro sorpresivo de la norma, que ahora vuelve a fojas cero. 

Expresidentes como Menem, Duhalde o Kirchner (viejos zorros de la política) en estas condiciones hubiesen apelado al pragmatismo de la negociación política para canjear voluntades por plata. Lo que se dice ser utilitario. Pero como lo demostró en el debate con Massa y lo viene haciendo como presidente, Milei no es un profesional de la política, sino un principista ultraliberal que desprecia la rosca parlamentaria y partidaria. 

Y en ese sentido, no se corre un céntimo de su fundamentalismo fiscalista de que “no hay plata”, con el objetivo de bajar el déficit, cortar la emisión y erradicar la inflación. Tiene en claro que su gobernabilidad depende del acierto económico, para eso lo votaron.

Milei desprecia el deporte del toma y daca nacional porque entiende la política como un trabajo, una cuestión moral y de principios, más que como un arte de la conversación, la persuasión y el intercambio de ideas para llegar a un acuerdo. Como comprende que ha acordado todo lo que le permite su forma de ser, prefiere pecar por autoritario que por permisivo o blando.

Ubicado en una posición de víctima político, el oficialismo amenaza ahora con convocar a un plebiscito o gobernar por decreto para alimentar y reforzar su relato anticasta. Porque, al fin de cuentas, en pos de salvar y mantener vivo el relato de campaña importa más influir en las creencias y emociones de sus votantes que en corregir las impericias propias.

 

  

 

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