Viven, duermen y cocinan en un auto en Villa El Libertador
Delia Ester Cejas es una pensionada de 62 años que desde hace meses vive con su su hijo Ariel Herrera, de 41 años, en un auto estacionado en la calle principal de Villa El Libertador.
Madre e hijo duermen, cocinan y pasan día y noche, recluidos en el viejo Peugeot 504, de color blanco, dominio SRO 114, estacionado sobre avenida de Mayo 1275.
Alternan, cada tanto, la estadía en el coche con su visita a la plaza principal del barrio, donde Delia va a vender algo de ropa usada y Ariel ofrecer su servicio “polirubro”. Hace de todo, aunque es técnico electricista del automotor.
Delia no sabe bien cómo fue que cayó en desgracia y tuvo que pedirle prestado el auto a su sobrino para vivir, pero cuando se le pregunta ella contesta que se debe a que “no tenemos garantía para alquilar nada”.
Además, dice que la mitad de la pensión, se la retienen los bancos para terminar de cobrarle dos préstamos.
“La garantía me la daba una amiga, pero ya no la veo”, cuenta al recibir a La Décima desde la puerta del coche.
Aún dormían cuando este periódico golpeó la ventanilla del auto, cubiertas –al igual que el parabrisas y la luneta- con paneles de cartón para preservar la intimidad.
“Vivimos como cirujas pero no lo somos porque nunca hemos vivido así”, cuenta Delia, quien se expresa con facilidad buscando mostrarse reflexiva. “Yo estaba bien, pero con este sistema económico me he venido abajo”, afirma.
El interior del coche huele a humedad y encierro, y está colapsado de cosas: ropa, frazadas, alimentos, utensilios y calentador a gas con el que preparan el té o fritan las milanesas. Lo ubican entre los asientos, según contaron.
Cuenta que supo cuidar enfermos y adultos mayores, pero ya no puede hacerlo porque está enferma del corazón, toma medicamentos contra la presión alta, la artritis rematoidea le hace doler el cuerpo y arrastra malformaciones congénitas en pies y manos que le impide desplazarse con normalidad.
Antes de terminar viviendo en un auto, compartió vivienda con su esposo pero cuestiones personales delicadas lo alejaron de él. De Mosconi se vino a Villa El Libertador y luego vivió un tiempo en Comercial hasta que ya no pudo cómo afrontar las condiciones para el alquiler de una casa.
A través de una gestión de la Policía Barrial, Provincia le subsidió el alquiler de una vivienda pero sólo estuvo un mes y regresó al auto. “Es que la dueña vendió la vivienda y nos tuvimos que venir”, cuenta Delia.
Dice que los comerciantes del sector no los quieren por ser pobres y que presionan para que se vayan.
“No queremos estar así ni ser la burla de nadie. Cómo voy a querer dormir torcida y levantarme con dolor de columna todo el tiempo”, grafica la señora quien muestra los dedos anudados del pie por una malformación de nacimiento.
Una comerciante, que escribió en forma anónima, la acusa de “maltratar” a las empleadas de los locales y de hacer sus necesidades en la vereda.
Delia cuenta que durante el día asiste al baño de Anses (el UDAI del organismo está a pocos metros del auto), “de la iglesia o por ahí me presta el Centro Cultural”.
“A la mañana tenés que echar perfumina porque no se aguanta el olor a orina. Esto me perjudica mucho porque nosotros vendemos alimentos”, detalla la comerciante. Y agrega: “Nadie hace nada, necesitamos que ese auto se mueva de lugar”, reclama, en forma anónima.



La verdad una vergüenza esta situación. ¿Dónde están los políticos? Esta gente nesecita una respuesta de inmediato, merecen vivir dignamente.